Era un jueves, llovía. Él llevaba paraguas, ella no. Mojada caminaba, su rizado pelo chorreaba por su rostro y sus labios morados tiritaban. No fue solo un impulso afectivo, sintió la necesidad de protegerla. Y allí estaba ella ahora, bajo su mismo paraguas.
-¿Te tapo?
-Muchas gracias.
Y sus primeras palabras fueron:
-¿Cómo te llamas?
-Tan solo llámame... sin elle, por favor.

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